Relato Breve: Después del rojo va el azul
Noto sus brazos a mi alrededor. Me
sujeta en un abrazo de suavidad pesada que me recuerda, como siempre, al agua
del mar. Huele a casa. Es mi rinconcito de Sofá, el chaise longue pegadito a la
ventana desde donde puedo verlo todo con atención.
Oigo unas palabras, pero me cuesta entenderlas.
— Bli, viari a zarti la nevera — su voz me pide con
severidad, entre miradas intensas y señalamientos a Cocina.
Yo sonrío. Cuando sonrío, la gente es más amable. Una risita
y me levanto. Me encuentro a gusto, pero hay cierto desorden en las órdenes
desacompasadas de mamá.
TIN, TIN, TIN. Suena un pitido que escucho con molestia
desde mi asiento.
— ¡La nevera! — dicen Papá y Mamá al unísono.
Cierto, estoy comiendo salchichón que acababa de sacar de la
nevera. He querido cerrarla como siempre me piden, pero a veces se me olvida.
TIN, TIN, TIN.
— ¡La neveeraaaaa! — El abrazo ya no es tan reconfortante; las
manos me dirigen con firmeza hacia el origen del ruido.
Otra risita. En caso de duda, probablemente sea gracioso y
se reirán conmigo y me sonreirán y me abrazarán otra vez. Se levantan conmigo,
me acompañan a Cocina y me señalan la puerta abierta por la que sale ese vaho
fresco que tanto disfruto en verano.
PUM, cierro de golpe. Sonrío y sonríen conmigo. Pido que me
cojan y me abrazan.
— Ufff, ca pisa blaia — su voz suena distinta, más juguetona,
y Papá me hace broma como si no pudiera levantarme mientras hace gestos muy
divertidos.
Llueve más fuerte, raramente lo hace así. Pero la lluvia
sigue sonando desordenada. Clic, clac, pof, pof. En los dibujos siempre suena
de forma adecuada. Es como esa manía que tienen de colocar los colores por
todos lados: rojo, naranja, amarillo, verde, azul… Claramente el azul va
después del rojo y el naranja va al final del todo. Es la forma adecuada.
—Ania —esta vez entiendo bien a papá cuando me llama, salgo
de mi ensimismamiento y le miro con curiosidad a lo alto de sus brazos desde Cocina
— ¿Chuche?
Asiento. Paula me enseñó a asentir y así puedo confirmar
cuando quiero algo, me resulta muy útil. Una, dos, tres golosinas: es la
cantidad adecuada. Pero el desorden del ruido no me deja relajarme. Doy un
grito, y otro, y otro. Pero el sonido del agua al caer sigue sonando
inadecuado.
— ¿Pialgo ia? — me dice Mamá con tono de preocupación.
Grito otra vez. Y otra. El chapoteo caótico de las gotas de
agua se mezcla con mis gritos y con los ecos del tintineo de la nevera, ese
cosquilleo salado entumece mis mejillas y sólo apretando todo mi cuerpo noto un
poco de alivio. Sus brazos vuelven a asirme, noto la profundidad del océano.
Clic, clic, clic, la lluvia ha cambiado de sonido. El abrazo pesado me recuerda
que estoy la mar de bien. Tengo mi último osito de gominola en una mano y un
trozo de fuet en la otra. Iré alternando bocados, es lo adecuado.



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